miércoles, 4 de noviembre de 2009

CONFESIONES





























A veces la tristeza me consume
y el aire que agita mi sangre se desvanece entre sus pliegues.

Olas impávidas aconsejando prudencia por encima del hombro,
mientras Poseidón mi Díos, sigue insistente en su cantinela:
déjaselo a la muerte, no ves esta roca que se viene conmigo,
no ves su insistencia en ir hacia dentro de la tormenta.

¿Dime, quién sostendrá su luz si lo salvas,
que sol encenderá su chispa de amante, donde va reinar?

Así mi Díos me llena de dudas, he de reflexionar mis ansias,
apaciguar esta guerra que despertó sus celos,
celos de las gaviotas que besan mi boca,
de los hombres que navegan y se nutren de mi vientre,
de aquellas muchachas que con su belleza semidesnuda
dan colorido a mis ojos y hasta de esa caracola que reposa su muerte en mis orillas.

Vamos que esta noche el cielo esta gris, la tormenta amenaza
con aparearse esta madrugada entre mis sábanas,
vamos que me ha mirado mal la fiera mía, vamos, vamos lejos.

Dejemos peces de oro a los albatros, démosle su respeto a mi Díos

Porque somos ya cuerpo de la lluvia y nos fascinan los charcos,
nos consuela pisar su elixir,
frente a la caricia que el vino deja encendida
en nuestras gargantas.

Vamos sin miedo, démosle fuerza honda al verano
y acaudillemos las murallas se nos vaya a escapar el sueño
de vivir como hombre.

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